Te observó,
nunca una piel consiguió
inspirarme tanto,
te respiro en la nuca,
y nos respiramos en el cuello.
Te dibujo catedrales en la espalda,
y con mis dedos
coloreo paisajes en tus hombros.
Nunca pude llegar a imaginar
que mis labios pudieran desgastar,
desgastarnos tanto,
porque no hay lugar en tu cuerpo
que no haya sido saludado
con la luz de mi saliva.
Te observó dormir,
y apenas te dejas encontrar
entre las sábanas
de una cama,
que,
yace desierta
y descubierta.
Se ha hecho tarde:
ya nadie transeunta
por las calles de tu cuerpo,
salvo mis manos,
que se esconden entre las sombras,
para que no las encuentres,
aunque siempre lo terminas haciendo.
Y cuando lo haces,
se encienden las farolas,
despertamos al vecindario,
y saltan todas las alarmas
de todos los coches aparcados
en la manzana más cercana.
Incendiamos edificios,
y empieza la revolución,
y con los ojos cerrados
te encuentro a la perfección,
en la oscuridad
de tu habitación.
Te recorro entero,
me deslizo por tus curvas,
y derrapo por tus rotondas,
dejándote marcas
con huella a mí.
Respiramos,
gemimos,
jadeamos.
Nunca,
ningún animal,
emitió,
tal variedad de sonidos
en tan poco tiempo.
Pero,
nosotros,
rompimos todos los moldes,
y con las ruinas de este naufragio,
creamos unos nuevos.
Nadie nos pudo comprender jamás,
el por qué de tanto alboroto,
porque nunca,
jamás,
dos almas,
dos personas,
hicieron tanto ruido
a la hora de quererse.
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